sábado, 20 de septiembre de 2014

Octubre se va a traer sin instrucciones para llevarte


Anda, tráete ya, 
que te voy a soltar
un par de rosas
(rojas, claro).



No te lo tomes a mar 
si esperas que no escueza 
cuando te hablen de mí. 
En defensa propia 
me estoy dejando querer,
que ya es bastante. 

No esperes que te desespere 
no ahora,
después de abrirme
la salida de emergencia 
que da a los restos (coge aire)
de tu vida

Que me voy 
por la puerta grande,
alejándome 
de los estúpidos cánones de belleza 
que rigen tu teoría (coge aire por los dos)
del derrumbamiento.

Esto no es un adiós, 
es sólo hasta que el olvido se olvide.
De recordarnos.
Que por qué nosotros 
y no el resto.

Que no es justo utilizar
el mismo verbo para huir
que para pedirle a alguien
que se quede. 

Te dejo de nostalgias,
de historias,
e incluso, de llamarte,
lo prometo. 

Me dejo de cuentos,
de heridas,
de poemas a tu manera de hacerlo todo
con más amor del que te crees que lo hacías. 

Que te vayas,
que te vayas bien,
cerrando mi espalda a tu paso
con un nudo que sólo tú 
sabrías volver a deshacer,
y que lo olvides (por pavor).

Que me vaya,
que me vaya bien
a tu paso por cualquier otra (aguanta, que sigo)
maldita espalda 
que me recuerde 
que una vez fuimos,
sin querer,
todo lo que al mundo
le sigue dando miedo ser.

(Aunque a ti tambíén te diese, valiente).

sábado, 16 de agosto de 2014

Te espaldo.



Te echo de menos
con las dos manos.
Pero también te espaldo,
también,
te ombligo.




Hoy me han preguntado 
que si no me sentía desnuda. 
Supongo que se referían a ti. 
Torpemente, he asentido con los ojos 
del que no puede mirar más allá 
que a una pared empapelada de recuerdos. 

He vuelto a fingir 
por complacer a los que dicen
que siempre estoy sonriendo.
(y tú también lo creías)

A veces me siento demasiado estúpida
tratando de levantar a quienes creen estar pisando cristales,
sin darse cuenta de que los llevan todos 
en sus propias manos. 

Ellos sí que no saben lo que es perderte 
por tercera vez en una vida. 
Y ni mucho menos se imaginan 
lo que es encontrarse con tus cosas 
en mitad del camino. 

Me limité al silencio 
por no dar explicaciones de la nostalgia
a los que creen tener respuesta para todo. 

Hace un par de lágrimas 
que empecé a deshacer la maleta,
de vaciarme,
de ti,
por dentro. 

Hace un par de cosas que recuerdo que,
hasta rompiéndome tú,
te saqué a bailar mientras cantaba
aquella canción para quitarte el miedo.


“Bailemos, 
porque no hacen falta palabras de más.
Bailemos, 
lejos de la gente quisiera volar. 
Prefiero que dure un segundo mi noche a tu lado
a tener que vivir en un mundo prestado,
sin tardes, sin luna y tan lejos de ti.”
Coti.

sábado, 26 de julio de 2014

Calor (joder, Robe, joder)


Nico cuando era otoño.

Fuera hace calor. No sabría decir cuánto concretamente, pero demasiado para ser una madrugada. Nunca se me ha dado bien realizar ese tipo de cálculos, atisbar distancias a simple vista o adivinar que te has afeitado tanto que cualquiera debería darse cuenta. Me vas conociendo. Estoy desnuda, anoche ni siquiera me molesté en buscar mi ropa interior. Tú duermes a mi lado. Ocupo la mitad izquierda de tu cama y aún quieres cederme la porción que te cabe en un abrazo. Hace un rato que te escucho respirar mientras tu brazo recorre mi falta de sueño. Estás arropado hasta la cintura y esbozas una media sonrisa que me reconforta todas estas horas sin dormir. Me deshago con suavidad de tus manos y busco el tacto del suelo con los pies. Camino lento hacia el baño y dejo correr el agua de la ducha. Tengo especial cariño a ese espacio tan pequeño por lo que tú ya sabes. Me seco sin esforzarme demasiado y recorro el pasillo de vuelta para encontrarte ahí. Todavía algo mojada me hago hueco en el ventrículo izquierdo de tu cama. Te beso la frente. Tú susurras algo y tiras de mí hacia el sueño. Mañana me contarás que aprendiste a volar, que conociste a un escarabajo o que llegaste a nado a la nada.


Fuera hace calor. 
No sabría decir cuántas madrugadas podría pasarme así, 
cuidándoteme los sueños que me contarás mañana.

martes, 15 de julio de 2014

Lo que da de no un sí.

Bruselas, Marzo 2014.

Ya no le busco el horizonte como al resto. Me gusta así. Está justo a mi lado. De vez en cuando me pasa la mano por el pelo, o busca las mías apoyándose en el volante, como si también quisiese conducir. Le gusta hacerlo, me lo ha dicho varias veces. La miro de reojo. Sigue absorta en el paisaje y a mí la carretera se me hace demasiado larga si no canta alguna canción desconocida. Quizás jamás las vuelva a escuchar si no son de su boca. A veces se gira para besarme con cara de olvido. Luego vuelve en sí y me sonríe por algo que aún no sé que tengo. No quiero romper el silencio, ella suele pensar ahí en sus cosas y quizás, alguna vez, me piense a mí. No quiero romper el silencio porque quizás, alguna vez, me rompa a mí. Me gusta así.



A veces alguien tiene que decirse lo que no le dicen.

lunes, 7 de julio de 2014

No me llames héroe si vuelvo roto.



Una nota a pie de página con la letra 
que me tiemblas en las manos.
Pero de corazón.
Marcos (5 años)
Febrero, 2014



Perdóname, Daniela. Anoche se me fue la fuerza por tu boca mientras soltabas amarras directas a mi cuello. Palabras llenas de dudas, ahogando a un corazón que empezaba a hacer pie en mitad de esta lluvia. Perdóname ahora si te digo que he vuelto a la posición inicial, al punto de partida contigo, donde no cabe la posibilidad de tenerte desnuda sobre mí, donde no puedo quedarme a vivir subsistiendo del beber que dan tus piernas. Perdóname cuando digo que he retrocedido a la línea de salida, que no es más que la meta vista desde tus ojos, en la que esperar a que te corras es pasar las próximas tres noches en vela creyendo que soy peor que todos tus anteriores. Perdóname si alguna vez has creído que tengo menos vértigo que tú a este precipicio, pero es que hoy, mientras tratabas de cogerme la mano para evitar mi caída, te he visto reír a doscientos miedos de altura, justo donde empieza el vacío. Perdóname, Daniela, es que desde que te conozco he querido celebrarte como un niño, con los ojos cerrados y soplándote fuerte en la nunca, en las siempres, para que pensases en mí de esta manera, como yo lo hago. Como un niño, Daniela, como despertarse el día de tu cumpleaños todo el mes de julio.

Ojalá no lo entiendas para tener que perdonarme. 
Que lo peor no es caer, es tirarse. 


Pero, por favor, no me llaméis héroe si vuelvo roto.

jueves, 12 de junio de 2014

Carnívoro, misántropo y luna llena.



"Sin palabras,
 para no herir."

Creía que estaba sola
cuando entornando la vista
me pareció ver su rostro.

Aquellos enormes ojos color tierra
tiraban de mí hacia el abismo
sin escatimar en brazos.

Noté sus manos,
rodeándome la cintura
y su aliento en mi nuca susurraba
palabras extintas de lenguas muertas de risa.

Por mi espalda,
órbitas de planetas extraños
giraban a una velocidad
digna del buen vértigo.

Besos con resquicios de frío,
a fuego dejaban estelas centelleantes,
desde su boca a mis pechos,
donde aterrizaban sus naves
cubiertas de saliva.

Carnívoro,
misántropo
y luna llena.

Fábricas de dedos,
descontrolados,
se multiplicaban por mil,
por debajo, por supuesto.

Cada poro de mi piel
abría la boca como un bebé hambriento,
saciando la sed de sus labios
en lo inferior de los míos.

Se relamía la manera
de verme temblar así.

Mi espalda, arqueada,
hacía de su cuerpo una flecha a punto
de disparar en sentido inverso,
con el filo de la lengua hacia mí,
hacia dentro,
hacía rato.

Mis puños, mis muslos, mis párpados
apretaban con fuerza
el gatillo de querer sentir aquel cuerpo fugaz,
deseable, deseado,
a punto de hacerme estallar,
con juegos artificiales
a ras y dentro de la piel.

Confeti, luces de colores
y serpentinas llenaron el suelo.

Entonces, 
me cegó ver su rostro,
sus ojos color tierra, sus brazos,
sus manos, su aliento,
el vértigo, el frío, la saliva,
la carne, la boca seca,
la piel y la flecha,
todos,
inertes en mi imaginación,
mientras mis manos reían,
sombrándose a la idea de ser luz,
de saber que he sido,
ésta vez,
otra vez,
otra vez,
yo, sola, conmigo.
-

     Y otras magias.


martes, 3 de junio de 2014

Morirse de miedo


Imagínate que nadie te reprocha
 toda esa tristeza durante 
un par de días.
 Imagina que se limitan
 a hacerte ver 
lo opuesto.



Aquella chica triste tenía la cara salpicada de pecas. Yo le habría contado un cuento por cada una de ellas. Me hacía gracia cuando el sol le daba de frente y arrugaba la nariz para poder seguir mirándome a los ojos. Se llamaba Lucía, o Sara, o Sofía. Yo nunca llegué a llamarla por su nombre, pero la quise como no he vuelto a quererme a mí mismo. Decía que si manteníamos el secreto sería todo mucho más fácil. No llegué a entenderlo, sobre todo cuando se ponía sobre mis muslos a contarme sus desastres, o cuando se reía en el coche mordiéndose el labio, o en las tardes en que practicábamos qué hacer si al día siguiente se fuese a acabar el mundo. Ella quería morir me miedo, de amor, de amar. Lloraba con la mayoría de las películas, cantaba casi siempre, bebía sola, y conmigo. Y ahí éramos iguales.

Anoche, hace dos días, o hace tres vidas se fue Lucía, o Sara, o Sofía, para llevarse el mundo, para acabar con todo sin darme tiempo a arrancar el coche aquella tarde; muriéndose de miedo, de amor, de amar.