Tus labios arrastran un tono rosa tenue, como queriendo pasar desapercibidos a los míos, y no. Acabas de doblar la calle y una guerra de miradas incendia el semáforo en rojo, que no tiene pensado tornar al color de tus ojos hasta que nos maten las ganas de morir atropelladas. Tienes las piernas kilométricas y resulta imposible esconderlas tras esa fina tela, que las acompaña y arropa sigilosamente hasta los pies, únicamente cubiertos por unas planas sandalias azul- miedo. Esperas en la línea del horizonte que crea mi mirada al contacto con tu cuerpo, mis ojos a tu altura deben ser mero desierto; tú tan ave. Tú, tan verdes, tan salvajes.
No apartas la vista mientras el resto de peatones enviste la carretera, y yo, involuntariamente, con ellos. Me llega tu olor y te pierdo cuando me roza el frío que deja tu espalda.
Me vuelvo -y joder, qué piernas-
Continúo la calle, que ahora llega a su límite, igual que el día, desde que tú, desconocida, le has puesto fin.

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