Ahora que ha pasado el tiempo y no me oyes, te escribo. Y no es la primera vez, pero sí quizás sea en la que me leas, porque ahora, has aprendido a oírme a novecientos kilómetros. Hemos comprobado que las cosas llegan sin permiso, sin buscarlas, que están escritas en ese folio en el que escribe el caprichoso destino, y que no podemos leer, pero sí darle su margen, y esperar.
Saber burlar al destino es un deporte de soñadores, y es bien sabido que sin sueños no se llega más alto que lo que la pura física nos permite al realizar un salto vertical, por ello se recomienda mucha práctica, para superar nuestra propia marca. Los verdaderos soñadores vamos a ras de cielo, hemos superado por nosotros mismos la marca imbatible que se considera correcta, que no excede de los cincuenta centímetros, sin ayuda externa, en la mayoría de los casos, aunque siempre hay excepciones.
El marcarse metas o caminos, no tiene cabida en los sueños o en sus dueños, ya que todos superan cualquier límite o realidad posible, es por ello que al leerte me devuelves la ilusión, y los días que no lo hacemos, recuerdo esa canción, que a la orilla del corazón me cantabas un verano, en el que por unos días perdiste el miedo a querer y ser querido, sin las palabras que asustan, pero que leías en mis ojos.
Haciendo trampas al futuro, repartiendo la distancia, encontrándonos en versos y playas que no son las de tu tierra, nos fundimos sin quererlo en el mismo calor que encendimos con las manos y disimulábamos con el humo de tu boca, para no despertar celos a las estrellas, que burlonas nos miraban sabiendo que el destino, jugaría con ventaja, poniendo entre nosotros toneladas de alquitrán, que inocente de él, no sabía que nos seguiríamos viendo en sueños, en papeles con poemas, en tus frases hechas canción y en mis libros de sobremesa.
lunes, 21 de enero de 2013
domingo, 20 de enero de 2013
Noches en familia.
Madrid, anoche estabas tan fría que daban ganas de arroparte, y eso hicimos. Acogiste a una panda de conductores suicidas, caballeros, princesas y rubias platino, que durante tres horas hicimos tanto el amor que logramos el verano en la calle Galileo.
Allí estábamos, el número exacto, incalculable, ni muchos ni pocos, pero todos familia, con un objetivo común, rendir homenaje al Maestro, a la voz de lija aterciopelada, y para ello contábamos con su banda, cervezas a raudales y el calor, rebeldía y fuerza de sus canciones.
Varias horas después, aún no tengo palabras para explicar lo que llegué a sentir en pleno enero, pero me recordaba a algo que hacía tanto tiempo que no sentía, un jodida sensación de felicidad sin límites, alimentada por las palmas de alegría que surgían de cada uno de los allí presentes.
Cada canción me transportó a un lugar, pero esta vez no iba sola, esta vez iba con mi compañero de mesa, que se merece el cielo por saber cumplir mis sueños sin más intención que verme irradiar felicidad. Pero eso no era todo, contábamos con un sinfín de sonrisas, unas entrecomilladas con arrugas y otras que inspiraban rebeldía y juventud, pero ahí daba igual, no importaba tu edad si sentías con fuerza cada letra, te emocionabas con cada acorde de la guitarra de Pancho y te veías reflejado en la sonrisa del gran Antonio.
Tres horas de paseo por sus letras, por sus pegadizos estribillos y por sus canallas subidas y bajadas al cielo. Supongo que habrá quien no entienda esa sensación, pero da igual, somos muchos los que la compartimos y los que sabemos que “la muerte es sólo la suerte con una letra cambiada” y nos limitamos a vivir el día a día llevando por bandera la ilusión, la rebeldía y las ganas de creer en algo mejor, en la poesía y en la buena música como banda sonora de nuestra vida.
Gracias.
jueves, 17 de enero de 2013
Des-encuentros.
Ansiaba la libertad, salió
decidida, se soltó el pelo. Mirando atrás, guiñó un ojo al pasado, al destino,
al final de la calle. Él, perdido, caminando sin sentido, ordenando las piezas
del puzle de su vida, levantó la mirada, miró al futuro y vio su culo, esa
manera de caminar le recordó a un gato, pasos traviesos y casi de puntillas, sutiles
movimientos que le despertaron una sonrisa picaresca. Ella contoneándose
burlona, él buscando una excusa para conocerla. Sus pasos se aceleraron, al
igual que el corazón y las ganas de descubrir quién se escondía tras esa
figura. La mente de él ya imaginaba, mejor dicho, idealizaba a aquella mujer,
unos rasgos predefinidos, ese pelo de color indescriptible, a ratos rubio, a
ratos color del fuego, a ratos casi de pantera; el pelo volaba al ritmo del
paso que ella marcaba, intuía libertad, sabía a brisa de mar en las noches de
verano. La distancia entre ambos fue haciéndose más corta, él pudo olerla y
ella notaba una fuerte presencia a escasos metros. El momento que sus ojos se
cruzaron y se mantuvieron echándose un pulso duró tres segundos, jamás ese
intervalo de tiempo había pasado tan lento o tan rápido para ellos, pero fueron
exactamente eso, tres míseros segundos, los mismos que bastan para saber cuando
alguien va a ser más que un simple extraño paseando por Libreros. Y así fue el
comienzo entre “nunca” y “quién sabe”, donde se cruzaron dos caminos.
miércoles, 16 de enero de 2013
-
Somos de esos, de los que llevamos un corazón tan cinco estrellas que nos vamos
enamorando de un buen vermú, del reloj que lleva la de la mesa de al lado, de
la última calada de aquel porro compartido, de la cerveza tras el examen, de la
buena poesía, de la canción número siete de “nos sobran los motivos” que
compartí una vez en un coche, de lo pequeño, de lo que ocultan los lunares y la
luna, de una sonrisa al amanecer, de cosquillas sin permiso, de por qué no,
encender las farolas de su calle al madrugar para los exámenes, de la tarta de
tres chocolates, del olor a tierra mojada llegando a casa a esa hora mientras
tarareamos “fly me to the moon” y damos saltos al andar.
Sí, somos nosotros, los que nos enamoramos de todo, los que
nos conformamos con nada, los que vivimos cantándole a la vida “la canción de
los buenos borrachos” y aquellos que se mueren por verte sonreír a cada
instante, seas quien seas, estés donde estés.
martes, 15 de enero de 2013
Noches de gatos.
Prepárate una excusa que decirles por si los bises se
alargan toda la noche, busca un par de copas y brindemos por ser diferentes al
resto de gatos, riamos en nuestro tejado en el que no tiene cabida nada que no
sea tú y yo, cantemos por lo que nos hace felices, por lo que nos da la vida; saltemos
obstáculos, gritemos al miedo, mordamos las ganas.
¡Pero vamos, que cae la noche y nos queda mucho que arañar!
domingo, 13 de enero de 2013
Un buen poema.
Un buen poema comienza por no recordarme a ti.
Por no tener un destinatario que lleve tus ojos, entreabra la boca y asome tu sonrisa.
Un buen poema no debería tener tu nombre o hablar del pudo y no fue.
Un buen poema no te asoma a versos con caidas de cien metros,
ni te lleva a la cama donde echábamos carreras de cremalleras.
No grita que éramos tres,
ni susurra que cerrabas los ojos con tanta fuerza que dolía,
y al terminar me abrazabas sin saber si habría una próxima vez.
Un buen poema no tiene los nervios que teníamos al vernos a escondidas,
ni finaliza con un abrazo en forma de tregua, pidiendo paz.
Un buen poema requiere tiempo y distancia,
y yo, estoy a tres versos de escribir un buen poema,
a dos tragos de olvidarte.
viernes, 11 de enero de 2013
sudar.
Sudábamos reencuentro, sudor de promesas sin cumplir, o sí, momentáneamente. El sudor que destilábamos sabía a "te he echado de menos", a ratos dulce, a ratos salado, como esa magnífica sensación que produce en la boca la tosta de queso de cabra con cebolla caramelizada del bar que hace esquina. Sabíamos, sudábamos.
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